Los zombis que no están en las ollas

La expansión de la internet, por poner a disposición nuevos mecanismos de acceso a la información, debería llevar a la circulación de ideas mejor construidas y fundamentadas.  En la práctica, la conversación de la vecina vino a parar en tu pantalla y a todos les gusta Clarice Lispector. Antes, bastaba sabotear todas las fiestas universitarias, los bares que transmiten fútbol, los hombres machistas, las mujeres que se llaman las unas a las otras de “ay, amiga”, o sea, ambientes que deben tener una especie de feromona de imbecilidad, para que las tonterías mantuvieran su distancia.

También era posible tener más amigos. Hoy, aquella persona que era tu compañero de videojuegos y divertidísimo para esa finalidad, está ahora en su timeline cliqueando enloquecido  “me gusta” en los comentarios políticos de la gente más terrible. El grupo de amigos con los cuales te gustaba ir a viajar, acampar, y hacer caminatas, ahora comparte informaciones equivocadísimas sobre los beneficios sociales a los prisioneros y se creen que están al tanto de lo que sucede en la política – hasta mismo han ido a la protesta llamada “me cansé” organizada por la Orden de los Abogados de São Paulo. Los viejos compañeros de tequila son los únicos que no han cambiado – lo que no es necesariamente bueno.

Incluso hasta tu vida sexual-afectiva fue comprometida. Tú no esperas que aquel hermosito del gimnasio sea fan de Fernando Pessoa,  pero invitarte a salir usando comic sans es todavía un golpe bajo. Una amiga mía fue convidada a tomar una coca cola light una vez. Hasta me olvidé de lo que iba a decir.  Me acordé. Iba a decir que en época de Orkut era común stalkear el perfil de los hombres interesantes  en busca de comunidades comprometedoras, pues nadie dice: “¡Hola, guapo! Me asoleo en el techo”.  Espero. Hoy, sin embargo, tú no necesitas tener el trabajo de buscar cosas comprometedoras, ya que estamos hablando de redes sociales en las cuales la gente expresa lo que piensa. Es la desilusión ortográfico-amorosa adornando discursos de odio. Un día más sin culear en las escaleras.

En un lugar donde todo el mundo quiere tener una opinión acerca de todo, tú respiras profundo a cada tweet, haciendo fuerza para que tus amigos de infancia no comenten el cáncer de Lula – o de un político opuesto, lo que sea. El sentimiento es igual al clásico momento de la película de horror zombi: estás rodeado y tienes contigo  un arma con pocas balas. ¿Intentas matar la mayor cantidad de zombis antes de morir invariablemente o disparas en tu propia cabeza?

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